Ella tenía a su sedosa gata Cleo, y él a su grandote perro Marco. Tras casarse, junto a los peludos, fueron cuatro convivientes.
Ella, antes dormía con Cleo. Él, con Marco. Pero en la cama matrimonial, cuatro eran excesivos, sea para el amor o el descanso.
Entonces, la gata fue al piso, al costado de la mujer. Y el labrador, del mismo modo, del lado del hombre.
La disconformidad de Cleo se manifestó erizándose y mostrando las garras cuando Marco andaba cerca. El perro, se iba a correr o a dormir.
Una noche, ella y él comenzaron a discutir. Cada uno, encerrados en sus razones, se gritaron, ambos irracionalmente violentos.
Fueron al dormitorio, a la única cama, dispuestos a acostarse. Dándose las espaldas.
Sobre las sábanas, la pequeña Cleo y el corpulento Marco estaban lamiéndose sus hocicos.
El matrimonio entendió la sabiduría de las mascotas. Y la estupidez de ellos.
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