Publicidad

El corazón argentino carece de fronteras. Para el mundo somos inexplicables. Mezcla de indios, gauchos, europeos; sudacas arrogantes, dicen. Aún desde la derrota, sudor, talento, fe, huevos. Amor a la camiseta. Resucitando, metiendo miedo, hasta la victoria.

 

Nunca en su historia en las Copas del Mundo, la Argentina había revertido un 0-2. Este campeón logra superarse a sí mismo. En un juramento de hermandad temible, contra el mundo.

Penal fallido ni más ni menos que de Messi; perdiendo 2 a 0, faltando once minutos para el fin del partido.

Luego del segundo gol del equipo egipcio, fuimos al kiosko a buscar una bebida. La veinteañera amiga Jael estaba baldeando la vereda. Lo hacía para desahogarse, puteando y llorando de tristeza. Todo indicaba la partida.

Pero como cantamos nuestro bello himno, “coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir”. Bravura y talento, prepotencia de intrépidos, el extraordinario Capitán América, compañeros de agallas salvajes, en gregaria complicidad celestial, construyendo leyenda.

 

Lágrimas y pelotas

En los últimos trece minutos del angustiante partido se concretó la epopeya de Atlanta.

Primero el defensor Cuti Romero, con un rico cabezazo tras un centro de Messi. Luego un pase entre la muralla egipcia para el 10 y el empate. Minutos después, peligrosísimo contraataque de los faraones y la brillante sacada de de Julian e impresionante pase a Lautaro, y éste corrida y un exquisito centro para Enzo, que con magistral cabeza logró el 3 a 2.

Las lágrimas de Messi, los guerreros, Scaloni, son de hombres que nunca se dan por vencidos. Demostrando al mundo que son capaces de todo. Provocando admiración, respeto. Y miedo, porque Argentina no le teme a nada.

Todos nos ilusionamos. Todos nos emocionamos, llorando de alegría junto a Lionel.

TU OPINIÓN NOS IMPORTA: prensa@nortesocial.com.ar_

TU OPINIÓN NOS IMPORTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí