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Mateo, un adorable labrador grandote, levantó de la depresión a Alberto. Incluso, inexplicablemente, llegó a curarlo de un tumor. El perro, como ángel protector en la tierra, le dio hasta su último aliento.

 

Dario Illanes

 

Desde la sabiduría oriental, el Talmud, la Biblia y el Corán refieren la intervención encarnada de ángeles protectores y/o guardianes. En nombre de Dios.

Pero también pueden tener cuatro patas: perros, gatos, caballos, entre otros. En el caso de los primeros se sabe desde hace miles de años la profunda empatía y lealtad a los seres humanos. Excede la provisión de comida y refugio. Se trata de amor incondicional.

Entonces, no son casualidades, coincidencias o azares que – tal como lo cuentan escritos espirituales o leyendas- que ángeles divinos se encarnen en ellos. Para curar a sus dueños.

Aliviando melancolías, dolores emocionales, tristezas, sin juzgar.

Al lado

Todas las noches acostándose al costado derecho de la cama. Todas las mañanas despertándolos. Todos los días, mañana y tarde, saltando feliz al sacar la bicicleta y luego corriendo alegre, andando juntos. Todas las tardes y noches, Mateo apoyando su cabezota sobre el muslo derecho de Alberto, mientras trabajaba en el escritorio.

Con su tierna mirada, meneando su cola, expresando inocultable, franca alegría, ternura, bondad e incondicional amor. Con mucha más contundencia, belleza, humildad, fuerza, dulzura y sencillez que pretendidas, esmeradas palabras. Tremendas virtudes, nobles, simples e infinitas, tal vez sobrehumanas.

Alberto fue despedido del trabajo y luego abandonado por su esposa e hijos, tras el divorcio. Sumergido en la depresión, resignado al hambre, el hombre no quería dejar la cama. Mateo, ladrando, quitando las mantas, lamiéndolo, lo obligaba a levantarse.

 

Dolor

Una tarde, el hombre estaba en su escritorio y escuchó quejidos y gemidos de Mateo. Lo miró y advirtió que el amigo se encontraba tendido sobre aparentes orines. El labrador jamás hacía sus necesidades dentro del hogar.

Contrariado, enojado, lo retó duramente. Le ordenó salir al jardín, dejándole la puerta reja abierta. El dolor nos vuelve egoístas y crueles.

Tres horas después, de noche, lo llamó adentro y no estaba. Salió a buscarlo en la bicicleta, sin éxito. A la mañana, Mateo no había aparecido. Amplió el recorrido de búsqueda a la tarde y nada. Al otro día, una niña, hija de vecina amiga, llegó a su casa para contarle, afligida, que encontró a la mascota entre los yuyos de un baldío.

Alberto lo halló agonizando, yaciendo sobre malolientes fluidos. Le habló arrepentido, acarició, y el dulce perrazo lo miró tiernamente con sus ojazos miel y lamió sufriente sus manos.

Sanado

Buscó unas mantas y depósito delicadamente a Mateo en el asiento del acompañante del auto. Lo trasladó hacía el veterinario, a quince cuadras, pero a mitad del recorrido se detuvo para inspeccionarlo y acariciarlo.

Mateo volvió a agradecerle, con miradas silenciosas y lamidas.

Detuvo el vehículo, llamó al profesional diciéndole que su amorcito se moría. El joven veterinario salió y examinó al perrito. Miró a Alberto, lo abrazó y le dijo: “Tuvo un infarto; murió feliz, a tu lado”. Ambos lloraron.

Una semana después, el tumor de Alberto había desaparecido. Obtuvo otro trabajo.

Mateo lo curó. Le dio hasta su último aliento. Le dio su corazón.

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