En el Festival de Cosquín de 1978, Jorge Cafrune cantó contra órdenes de la dictadura. Fue consagrado y días después murió en un sospechoso siniestro. Este año, la coplera salteña Mariana Carrizo criticó al gobierno y fue bien recibida.
En cambio, durante la tercera luna coscoína la cantante Luciana Jury habló de política y el público la abucheó. A gritos exigieron que se vaya.

Expresiones artísticas apolíticas o comprometidas socialmente desde siempre existieron y convivieron. “Zamba del cantor enamorado”, compuesta e interpretada por Hernán Figueroa Reyes; y “Cuando tenga la tierra”, de los salteños Ariel Petrocelli y Daniel Toro, constituyen maravillas consagradas. La primera es un lamento de amor; la segunda, una proclama revolucionaria.
El pueblo decide con su corazón.
Desde la última semana de enero de 1961, en la plaza Próspero Molina de Cosquín (Córdoba, Argentina) se congregan miles de personas de toda la extensa y multifacética Argentina. Cordobeses, porteños, bonaerenses, santafesinos, entrerrianos, correntinos, misioneros, chaqueños, formoseños, jujeños, salteños, catamarqueños, tucumanos, santiagueños, riojanos, sanjuaninos, puntanos, mendocinos, pampeanos, neuquinos, rionegrinos, chubutenses, santacruceños, fueguinos conforman el heterogéneo público patrio.

Sucede durante las conmovedoras nueve lunas coscoínas. Emparentada la cantidad de noches festivaleras con la novena católica y el tiempo de embarazo. La 66ª edición se realiza desde el 24 de enero al 1 de febrero de 2026.
Darse cuenta
El 31 de enero de 1965, Jorge Cafrune – sin autorización de la organización – presentó en el escenario a una desconocida morocha tucumana. Era Mercedes Sosa.
En 1978, Cafrune, pese a las prohibiciones de la dictadura cívico militar, cantó en Cosquín una canción prohibida: “Zamba de mi esperanza”. El gaucho jujeño dijo: “si el pueblo la pide, la tengo que cantar” El 31 de enero, cabalgando, murió sospechosamente embestido.

El programador del Festival de Cosquín, Diego Olmos, aseguró que el evento “siempre fue un festival atravesado por la polémica”. Y subrayó: “Cosquín sin polémica no es Cosquín. Antes, durante y después del festival siempre hay de qué hablar”
Considerado por algunos el mayor espectáculo popular de Latinoamérica, aseguró: “Nosotros no sacamos ni ponemos artistas por lo que dicen políticamente. Vivimos en democracia y Cosquín siempre fue un espacio de libertad. El artista es libre de decir lo que quiera, pero también se juega a la reacción del público: a los aplausos o a los silbidos”

NI PLATA NI MIEDO
“Todo es política. Desde lo que yo elijo cantar, decir, no decir. Yo no tengo ni plata ni miedo”, sostuvo la coplera salteña Mariana Carrizo al fijar postura sobre si los artistas deben o no expresar sus posiciones políticas en los escenarios.
“Abrazo y no nos quedemos calladitos, porque el silencio es lo peor que nos puede pasar”, enfatizó la artista, bien recibida por el público.
PODER Y PUEBLO
En Cosquín se habla de un “folklore cómplice del poder”, en alusión a la invitación del Chaqueño Palavecino a cantar juntos con el presidente Javier Milei, en Jesús María. Tras el espectáculo, el salteño fue expulsado de la Asociación Federal de Raíces Criollas.

La entidad dejó clara su postura con una frase que suena a sentencia: “Nuestros valores históricos están del lado del pueblo, no del poder”.
Palavecino se defendió diciendo que es “un cantor popular”





















